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Artículos - Planeta Tierra

NOTA: esta sección fue discontinuada, contiene artículos antiguos, permanece sólo por si alguien busca este tipo de información.

Nuestro planeta

Pistas sobre la Tierra primitiva

29/03/2002

LA TIERRA

Investigadores de la Rutgers University,utilizando técnicas muy precisas para estudiar minerales procedentes de meteoritos, creen ahora que nuestro planeta necesitó sólo 20 millones de años para formarse a partir de los materiales residuales de la nebulosa primigenia que dio lugar al Sol y al resto del Sistema Solar.

Investigaciones anteriores consideraban que el tiempo preciso para ello estaba cercano a los 50 millones de años, pero Brigitte Zanda-Hewins y sus colegas han obtenido la nueva cifra gracias al estudio de las formas radiactivas de los elementos niobio y circonio encontrados en muestras de meteoritos.

Dado que los meteoritos son los objetos más viejos del sistema planetario, los científicos usan sus componentes como una especie de cronómetro radiactivo que ayuda a estimar los intervalos de tiempo que separaron momentos específicos de la formación del Sistema Solar, incluyendo la condensación de la propia Tierra.

El mismo método "niobio-circonio" había proporcionado la cifra de 50 millones de años, pero Zanda-Hewins ha realizado por primera vez separaciones de minerales en las muestras, tomando precauciones extremas para mantener su pureza. Se usaron equipos especiales, como un flujo de aire anti-contaminación,filtros, sistemas de separación magnética, etc., para evitar la interferencia de cualquier material ajeno y extraño.

Separados los minerales y aislados los más adecuados, el método proporciona un número de años mucho más preciso. Así, la Tierra necesitó sólo 20 millones de años para lograr condensarse a partir del material original, aunque necesitaría mucho más tiempo para alcanzar una fase sólida como la presente.

Tierra virtual

21/06/2002

LA TIERRA

El Dr. Robert Crippen es un geólogo que utiliza la información recibida gracias a sistemas orbitales para recrear con todo detalle la superficie de la Tierra. El resultado no es sólo bello, también sirve para realizar estudios geológicos y geográficos sin tener que salir al exterior.

Durante los dos últimos años, Crippen ha estado especialmente dedicado a trabajar con los datos de elevación obtenidos por la misión SRTM. Su poderoso radar fue transportado por la lanzadera, durante 11 días, en febrero de 2000. Combinando esta información con otra procedente de otros satélites (como el Landsat-7), el geólogo ha generado varias imágenes muy detalladas de ciertos parajes.

Por ejemplo, si utilizamos la imagen original enviada por el Landsat-7, podemos ver un lago. Pero si la unimos a los datos de elevación de la SRTM, descubrimos que un deslizamiento de tierras creó una presa natural, dando origen al lago. Todo ello sin tener que acudir al lugar y realizar las correspondientes investigaciones.

Crippen está utilizando este potencial para elaborar magníficas exposiciones que muestran la superficie de la Tierra, y también para hacer ciencia de primera calidad. En la Shuttle Radar Topography Mission, ha participado en la visualización del terreno.

Durante su juventud, realizó algún trabajo de campo en el desierto de Mojave, soportando altísimas temperaturas para encontrar evidencias palpables de que el satélite Seasat (otro satélite equipado con un radar, lanzado a finales de los años 70) había detectado el lecho rocoso de la zona, bajo una fina capa de sedimento.

Ahora, con la disponibilidad de los sistemas informáticos y del material enviado por los satélites, Crippen prefiere realizar sus investigaciones en el cómodo y fresco ambiente de una oficina con aire acondicionado.

Es experto en ver en las imágenes satelitales cosas que otros no pueden apreciar. Lo hizo con una antigua ruta de caravanas en el desierto de Arabia, que ayudó al redescubrimiento de la ciudad perdida de Ubar. También ha desarrollado técnicas para poner de manifiesto el movimiento de una falla tectónica, a pesar de que los puntos que forman la imagen enviada desde el espacio son mayores que dicho movimiento.

Su último logro ha sido procesar una fotografía satelital para conseguir "eliminar" la vegetación, revelando las rocas que se encuentra por debajo. Ni siquiera las frondosas copas de los árboles son obstáculo para Crippen en la búsqueda de información. Sin duda, es capaz de ver la Tierra de un modo que nunca antes se había intentado. Estamos en la edad de oro de la observación de nuestro planeta desde el espacio, y es gracias a científicos como Robert Crippen que ello ha podido conseguirse.

Midiendo el albedo de la Tierra

12/07/2002

LA TIERRA

Un sensor del satélite de teledetección Terra está ayudando a los científicos a levantar mapas que indican cómo la superficie terrestre refleja la luz solar de nuevo hacia la atmósfera, una información que mejorará en gran medida los actuales modelos de predicción meteorológica.

El sensor se llama Moderate Resolution Imaging Spectroradiometer (MODIS) y realiza su tarea de forma rutinaria, efectuando mediciones diarias, globales y locales, del albedo terrestre, es decir, de la cantidad de luz reflejada por la superficie hacia el espacio. Gracias a su trabajo, los científicos pueden entender mejor cómo diversos tipos de suelo absorben y reflejan la radiación solar de manera distinta, influyendo en los patrones meteorológicos y climáticos a largo plazo.

El mapa del albedo obtenido por el instrumento MODIS, según un equipo de investigadores de la Boston University, coincide bien con la variación de estructuras geológicas que podemos encontrar en los diversos parajes de la Tierra. Por ejemplo, la observación del Desierto del Sahara y de la Península de Arabia ha permitido apreciar una gran variabilidad en el grado de reflectancia en función de la presencia de terrenos volcánicos oscuros o zonas brillantes de dunas de arena. Elena Tsvetsinskaya, participante principal en el grupo de investigación, afirma que pueden relacionarse así grupos de suelos y tipos de rocas específicos con las distintas mediciones realizadas por el MODIS.

Esto es importante, ya que los actuales modelos de predicción meteorológica tratan esta región como si su superficie fuera uniforme, como si toda ella reflejara la misma cantidad de luz en toda su extensión. Con el MODIS podemos apreciar que esto no es así, y que sus diversos tipos de suelo experimentan un albedo también distinto, algo que hay que tener en cuenta si queremos obtener predicciones más fiables. En este sentido, las superficies oscuras (rocas o copas de árboles) absorben más luz que las superficies claras (como la arena), y por tanto se calientan más por la tarde. A lo largo del día, estas diferencias de calentamiento pueden poner en marcha movimientos atmosféricos que influyan en las nubes y las lluvias.

Acoplando las medidas del MODIS a la información geológica, Tsvetsinskaya y sus colegas obtienen una nueva y potente herramienta para mejorar los modelos de predicción. Además, el albedo de una región puede variar muy rápidamente, por ejemplo cuando se produce una nevada. El MODIS mantiene este dato actualizado diariamente.

Evidencia del bombardeo primigenio sobre la Tierra

02/08/ 2002

LA TIERRA

Los efectos del bombardeo de meteoritos que se produjo hace 4.000 millones de años aún son visibles hoy en día sobre la Luna. Gracias a las investigaciones de varios científicos de la University of Queensland, ahora también hemos encontrado evidencias de este suceso en la propia Tierra.

Los meteoritos que cayeron sobre el sistema Tierra-Luna hace 4.000 millones de años, dejaron huellas que han tenido una evolución distinta. En nuestro satélite, crearon grandes cráteres que aún pueden verse. En la Tierra, sin embargo, los movimientos tectónicos a lo largo del tempo geológico han logrado cambiar de forma dramática el aspecto de la superficie, borrando los signos de la lluvia cósmica y dejando pocas pistas de lo que ocurrió.

No obstante, Ronny Schoenberg, Balz Kamber y Ken Collerson, del Advanced Centre for Isotope Research Excellence de UQ, han encontrado algunas evidencias, gracias a su análisis de rocas de 3.800 millones de antigüedad encontradas en West Greenland.

Los investigadores han descubierto que estas rocas sedimentarias, derivadas de la corteza temprana de la Tierra, contienen anomalías en la composición isotópica del elemento tungsteno. Son anomalías que se hallan usualmente en meteoritos, pero es la primera vez que se han encontrado en muestras terrestres. Como no hay un mecanismo plausible por el cual las anomalías del isótopo de tungsteno se habrían preservado en el dinámico ambiente corteza-manto de la Tierra, debe concluirse que dichas rocas contienen un compuesto derivado de meteoritos.

Es decir, hemos localizado la huella química de un duro bombardeo de meteoritos hace entre 3.800 y 4.000 millones de años en las rocas más antiguas de la Tierra. Un hallazgo que tiene implicaciones para el origen de la vida, ya que dichos impactos gigantes habrían aniquilado cualquier forma de vida existente, pero también aportado moléculas complejas útiles para los seres vivos.

Anillos alrededor de la Tierra

13/09/ 2002

LA TIERRA

Aunque la mayoría de personas conocen la existencia de anillos alrededor de Saturno o Júpiter, pocos saben que nuestro planeta podría haber tenido algo parecido en un pasado no demasiado lejano. Una colisión "reciente", hace 35 millones de años, pudo crear un anillo temporal que desapareció poco a poco.

La teoría ha sido elaborada por Peter J. Fawcett, de la University of New Mexico, y Mark B.E. Boslough, de los Sandia National Laboratories, y sugiere que este tipo de anillos de breve duración (entre 100.000 y unos pocos millones de años), podría explicar algunos patrones de cambio climático observados en el registro geológico de la Tierra.

Un impacto debido a la caída de un meteoro es una buena forma de obtener un anillo orbital. Sabemos que nuestro planeta ha sufrido numerosos choques a lo largo de su historia, algunas de cuyas señales aún resultan evidentes en su superficie. Los investigadores creen que tales impactos son capaces de lanzar material hacia la atmósfera e incluso más allá. Por ejemplo, el choque de un asteroide bajo un reducido ángulo de ataque podría acelerar escombros fundidos (tectitas) hasta la velocidad orbital.

Con el paso del tiempo, los residuos colapsarían en un único plano (como ha ocurrido con los anillos de Saturno), probablemente alrededor del ecuador terrestre, debido a la dinámica existente entre la Luna y la Tierra.

Los anillos podrían causar cambios climáticos. Hasta ahora, se sabía que los impactos pueden modificar el clima debido a la nube de residuos, que volvería opaca la atmósfera, pero esta situación no se prolongaría demasiado tiempo, ya que los escombros acabarían cayendo sobre la superficie. En cambio, un anillo ecuatorial sería mucho más duradero. Su sombra afectaría principalmente a los trópicos, modificando el grado de insolación.

Un anillo opaco como el anillo B de Saturno, alrededor de nuestro planeta, fue utilizado por los científicos como hipótesis de trabajo en un modelo climático llamado Genesis. Los resultados indican que una situación de este tipo definitivamente tendría un profundo impacto en el clima. Buena parte de la radiación solar sería reflejada de nuevo hacia el espacio antes incluso de que interactuara con la atmósfera. Esto supondría cambios en las temperaturas, en los ciclos de lluvia y nieve, patrones de circulación, etc.

Los dos científicos aplicaron su modelo a antiguos episodios de impacto conocidos en la historia de la Tierra, en particular uno ocurrido hace 35 millones de años. Las pruebas de este choque sugieren un intervalo de enfriamiento de unos 100.000 años, algo que casa bien con la existencia de un anillo de polvo orbital arrojando sombra sobre los subtrópicos.

El impacto de hace 65 millones de años, mucho mayor, no tuvo efectos a largo plazo en el clima (sólo de corta duración e inmediatos), por lo que probablemente no llegó a generar ningún anillo de polvo orbital.

Nueva región en las profundidades de la Tierra

18/10/2002

Un profesor de Harvard y una estudiante han descubierto una esfera previamente desconocida en el centro de nuestro planeta. Con sus 576 km de diámetro, fue detectada tras el análisis del registro de cientos de miles ondas sísmicas que pasaron a través del núcleo durante las últimas tres décadas.

Adam Dziewonski piensa que podría ser el fósil más viejo que resta de la formación de la Tierra. Su origen permanece desconocido, pero su presencia podría cambiar nuestras ideas básicas sobre la historia de nuestro planeta.

Hasta ahora, los libros de texto nos decían que el centro de la Tierra se encuentra a unos 6.000 km por debajo de nuestros pies. Continentes y océanos constituyen sólo una delgada corteza que se extiende hasta unos 32 km de profundidad. Bajo ellos se encuentra una gruesa capa llamada manto de casi 2.900 km de espesor. Corrientes de rocas moviéndose lentamente hacen que los continentes deriven y que los bordes de los fondos oceánicos se hundan en enormes grietas. El manto, además, engloba a un núcleo de casi 3.400 km de radio, muy caliente y hecho principalmente de hierro. El núcleo externo es líquido, mientras que el interno es sólido.

Pero el trabajo de Dziewonski y de su ayudante Miaki Ishii muestra que esta imagen de nuestro planeta no lo explica todo. Dentro del núcleo interno residiría aún otra esfera diferenciada de 576 km de diámetro, apreciable en el comportamiento de las ondas sísmicas que lo atraviesan y que son detectadas en la superficie.

Los dos científicos analizaron 30 años de registros sísmicos, y encontraron que al menos 325.000 ondas sísmicas habían pasado a través del núcleo interno. Seleccionando 3.000 que habían pasado muy cerca del centro, detectaron un cambio en su velocidad y dirección en un área de 576 km de diámetro alrededor del centro exacto del planeta.

Esta zona, la más interna de todas, es una bola de hierro y puede ser el resto del verdadero meollo sobre el que se diferenciaron después la corteza, el manto y el núcleo, hace unos 4.600 millones de años. A pesar de los procesos geológicos que afectaron a nuestro mundo con posterioridad, incluyendo un choque catastrófico con otro cuerpo que dio lugar a la Luna, bombardeos de meteoros, etc., este núcleo más interno sobrevivió. Sería pues la parte más antigua e inalterada de la Tierra.

La idea, sin embargo, ha encontrado una notable oposición por parte de diversos estamentos científicos. Serán necesarias más pruebas de laboratorio que apoyen o refuten las conclusiones de Dziewonski.

 
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