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Historia y Cultura - Cristianismo

El cristianismo en el Este

Uno de los actos del emperador Constantino que tuvo más repercusión dentro del mundo cristiano, fue su decisión, en el año 330, de trasladar la capital del Imperio desde Roma hasta una "Nueva Roma", la ciudad de Bizancio, en el punto más oriental del mar Mediterráneo. La nueva capital, Constantinopla (actual Estambul), así llamada en honor al emperador, se transformó también en el centro intelectual y religioso del mundo cristiano de Oriente. Mientras tanto, el mundo cristiano de Occidente se fue centralizando de forma progresiva: una pirámide cuya cima la constituía el Papa de Roma y los principales centros del mundo oriental, Constantinopla, Jerusalén, Antioquía y Alejandría (al-Iskandariya) se desarrollaron de forma autónoma. El emperador de Constantinopla tenía una posición muy destacada en la vida de la Iglesia. Por ejemplo, él era quien convocaba y presidía los concilios generales de la Iglesia, órganos supremos de legislación eclesiástica con respecto a la fe y a los códigos morales. Esta relación especial que surgió entre la Iglesia y el Estado, se denominó, aunque con algunas simplificaciones excesivas, cesaropapismo. Fomentó una cultura cristiana (como lo atestigua la gran iglesia de Santa Sofía en Constantinopla, erigida por el emperador Justiniano en 538), que unió y sintetizó elementos cristianos y de la antigüedad clásica.

El problema radicaba en que esta simbiosis podía significar que la Iglesia se subordinara a la autoridad del Estado. La crisis del siglo VIII respecto a la legitimidad del uso de imágenes en las iglesias cristianas, significó también un choque entre la Iglesia y el poder imperial. El emperador León III prohibió las imágenes, precipitando así un conflicto en el que los monjes del Este se convirtieron en los principales defensores de los iconos. Más adelante, se restauró el culto a los iconos, lo que supuso una medida de independencia para la Iglesia respecto al Estado. Durante los siglos VII y VIII, tres de los cuatro centros orientales cayeron bajo la influencia expansiva del islam; el único núcleo que quedó sin conquistar fue Constantinopla, ciudad que fue sitiada en repetidas ocasiones, hasta que cayó en manos de los turcos en 1453. Sin embargo, la lucha con los musulmanes no era tan sólo de carácter militar. Tanto los cristianos del Este como los seguidores del profeta Mahoma, trataban de aumentar su mutua influencia en aspectos de índole intelectual, filosófica, científica e incluso teológica.

El conflicto con respecto a la adoración de las imágenes resultó ser tan grave puesto que amenazaba un hecho fundamental para la Iglesia de Oriente: su liturgia. El cristianismo de Oriente era, y lo sigue siendo, una manera de adoración a partir de la que se crea una forma de vivir y de pensar. La palabra griega ortodoxia, junto con su sinónimo en esloveno pravoslavie, se refiere a la manera correcta de alabar a Dios, lo cual resulta indisociable del modo correcto de proclamar la verdadera doctrina de Dios y de vivir de acuerdo con su voluntad. Este énfasis aportó a la liturgia y a la teología de Oriente una categoría que los observadores occidentales, incluso durante la edad media, caracterizarían como mística, categoría que se intensificó por la fuerte presión que ejercía el neoplatonismo sobre la filosofía bizantina. A pesar de que el monaquismo de Oriente por lo general se mostraba hostil ante estas corrientes filosóficas de pensamiento, se llevaba a la práctica una vida de devoción bajo la influencia de los escritos de los Padres de la Iglesia y de teólogos como san Basilio de Cesarea, quien había asumido un cristianismo helenístico a partir del cual desarrollaban muchas de esas ideas filosóficas.

Todos los rasgos distintivos del cristianismo de Oriente, como la ausencia de una autoridad eclesiástica central, la estrecha relación con el Imperio, la tradición litúrgica y mística, el uso continuado de la lengua y de otros elementos de la cultura griega, así como su aislamiento, a consecuencia de la expansión musulmana, contribuyeron a su alejamiento de Occidente, lo que por último desembocó en el cisma entre el Este y el Oeste. De modo general, los historiadores fechan el cisma a partir de 1054, cuando Roma y Constantinopla se excomulgaron entre sí, aunque también se puede decir que la fecha fue 1204, cuando ejércitos procedentes de Occidente, de camino para arrebatar la Tierra Santa del dominio otomano, atacaron y arrasaron la ciudad cristiana de Constantinopla. Cualquiera que sea la fecha, la ruptura entre el cristianismo oriental y el occidental se ha mantenido hasta hoy, a pesar de los repetidos esfuerzos por lograr la reconciliación.

Uno de los puntos de conflicto entre Constantinopla y Roma, a comienzos del siglo IX, fue el relativo a la evangelización de los eslavos. Pese a que muchas tribus eslavas, como los polacos, moravios, checos, eslovacos, croatas y eslovenos terminaron envueltas en la órbita de la Iglesia de Occidente, la gran mayoría de la población eslava se convirtió al cristianismo de acuerdo a las normativas de la Iglesia del Este (bizantina). Desde su temprana fundación en Kiev, Ucrania, la ortodoxia eslava impregnó Rusia, donde los rasgos distintivos del cristianismo de Oriente, ya descritos, enraizaron con mucha fuerza. La autoridad autocrática del zar moscovita tomó algunas de sus actuaciones del cesaropapismo bizantino; el monaquismo ruso se dejó influir por el ascetismo y la devoción cultivada por los monasterios griegos del monte Atos. La fuerza que ejercían con respecto a la autonomía cultural y étnica hizo evidente, desde muy temprano, que el cristianismo eslavo tenía su propio lenguaje litúrgico (conocido aún como antigua Iglesia eslava). Por otra parte, esta Iglesia fue incorporando los estilos artísticos y arquitectónicos importados de los centros ortodoxos de las zonas de habla griega. En la Iglesia de Oriente también había algunos eslavos de los Balcanes: los serbios, los montenegrinos, los bosnios, los eslavos macedonios, los búlgaros, un grupo turco, los albanos, descendientes de los antiguos ilirios, y los rumanos, un pueblo de lengua romance. A lo largo de los siglos de dominio turco en los Balcanes, algunas de las poblaciones cristianas locales fueron forzadas a convertirse al islam, como en el caso de algunos bosnios, búlgaros y albanos.

Bibliografía:

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